Hace 10 años, mi vida y la de muchas personas alrededor de mí, cambió para siempre: mi padre dejó de existir. Hace 10 años ya que pienso diariamente en él y en cómo sería mi vida ahora si no se hubiera ido. Hace 7 años ya que me tatué su inicial después de haber perdido su anillo que usé todos los días durante 3 años en una cadena de plata alrededor de mi cuello que se abrió un día mientras caminaba por las calles de Praga sin que yo me diera cuenta. Hace 6 años ya que mi abuela, su madre, se fue a estar con él, dejándonos a mi tía L y a mí como únicas supervivientes de la pequeña familia García.

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Mi padre fue una persona complejísima: alegre y carismático; irritable y autoritario; generoso y sensible; voluble e impaciente; inteligentísimo y culto; intolerante y consumido por las heridas de su pasado. Convivir con él no fue menos complejo: no quería más a nadie en el mundo que a mí y a mi madre, pero entenderlo era casi imposible; tengo recuerdos bellísimos con él, desde lo mundano como ir cada domingo a comprar los periódicos (el a.m., para conocer las noticias locales, La Jornada para saber de las noticias nacionales y El País, para entender mejor el mundo) al jardín de San Juan de Dios hasta lo extraordinario, como nuestras vacaciones a zonas arqueológicas y ciudades coloniales; pero también conservo recuerdos dolorosos, como su incapacidad de controlar sus demonios y la enfermedad que finalmente lo llevó al mundo a donde sólo la memoria nos permite llegar. Incluso eso fue para mí una situación ambivalente: no quería que se fuera, pero también quería dejar de verlo sufrir.

La muerte de un ser querido es también una de esas vivencias donde una experimenta emociones completamente opuestas: el inmenso vacío que deja la persona es a veces intolerable, pero el no menos inmenso amor que ofrecen los seres queridos que nos acompañan es también difícil de imaginar en otras circunstancias.

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Mi padre y yo en las pirámides de Montealbán, Oaxaca.

Muchas de las cosas que ocurrieron el 29 de diciembre de 2007 y los días anteriores ya las olvidé, pero muchas otras las recuerdo vívidamente. Recuerdo a B, una amiga de mi tía L, intentando esconder las lágrimas que se le resbalaron al ver a mi fragilísimo, delgadísimo padre unos días antes. Recuerdo darle un beso a mi padre en el hospital y decirle que en un rato regresaba porque iría con mi tío M a llevar a B y a la mamá de B a Querétaro, regresar a casa de mi abuela ese mismo día en la noche y encontrar la casa vacía, un pantalón a medio planchar y un sándwich a medio comer; era evidente que mi abuela y la muchacha que la cuidaba habían salido apresuradas: primera señal de que algo andaba mal. Recuerdo llegar al hospital y ver varios coches que reconocí como los de mis parientes, segunda señal de que algo andaba muy mal. Recuerdo entrar al hospital y encontrarme con mi primo O, que con una cara muy seria pero tranquila, me dijo que mi padre estaba en terapia intensiva y que sólo le quedaba una noche más en este mundo. Recuerdo ver a todos mis parientes cercanos en la sala de espera del área de terapia intensiva, incluso algunos a quienes no había visto en algunos años.

Recuerdo dormir ese día en casa, en el espacio de la cama que mi padre no ocuparía nunca más, llorar calladamente para que mi madre no se diera cuenta y quedarme dormida en sorprendentemente poco tiempo. Recuerdo que mi primo O durmió en mi casa ese día para hacernos compañía a mi madre y a mí, dirigirse al hospital al día siguiente antes que nosotras y llamarnos un par de horas después para decirnos que ya nos fuéramos al hospital. Recuerdo entrar al cuarto de mi padre a despedirme de él, tomarle la mano y decirle que lo íbamos a extrañar muchísimo, pero que íbamos a estar bien. Recuerdo llamar a A, una de mis mejores amigas, para decirle lo que estaba pasando y justo cuando hablaba con ella, escuchar a alguien llamarme para decirme que entrara ya, que ésos eran los últimos minutos de vida de mi padre. Recuerdo que alguien me quitó el celular y me dijo que él (o ella) continuaría con la llamada. Recuerdo que mi madre, mi tía L, mi tío M, mi abuela, mi amiga D, mi prima L (y tal vez mi primo O también), entraron al cuarto de mi padre conmigo, pero las máquinas que estaban conectadas a él no dejaban de emitir ruidos (alarmas de que su vida se estaba esfumando) y mi tía, mi tío, mi abuela y mi madre decidieron salir. Recuerdo decir que yo no dejaría a mi padre solo, quedarme con él y tomarle la mano mientras una monja le iba desconectando los tubos, mientras mi amiga D me apretaba muy fuertemente el hombro en señal de apoyo y mientras mi prima L se mantenía en silencio atrás de mí. Creo que mi primo O también estaba allí, eso sí no lo recuerdo con claridad.

Recuerdo cómo me di cuenta cuando, después de unos 20 minutos, mi padre definitivamente se había ido (intento contener las lágrimas mientras escribo esto y no me animo a escribir cómo me di cuenta). Recuerdo que entonces comencé a llorar. Intenté quitarle su anillo de matrimonio pero mis manos temblaban, así que mi primo O me dijo que me fuera, que él me lo daría después. Recuerdo salir en un estado de shock, sin poder llorar mucho, sin saber qué hacer ahora. Recuerdo a mi tío J abrazarme muy fuerte y decirme que llorara, que dejara salir todas mis lágrimas.

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Mi padre y mi tío J, que se abrazan ahora también en donde quiera que estén.

Recuerdo a mi prima A llevarme a desayunar a la cafetería del hospital junto con varias amigas a quienes yo no había avisado de la situación pero que de pronto estaban ahí acompañándome sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Recuerdo a A prestándome su bufanda azul, contarme que la había comprado en “Hache y Eme, una marca de ropa muy bonita que hay en Madrid” (faltaban todavía varios años para que una tienda de H&M llegara a México). Yo no tenía mucho frío, pero no importaba, esa bufanda era la manera de A de tratar de hacerme sentir mejor, seguramente aun sabiendo que una bufanda era lo último en lo que yo estaba interesada en ese momento pero sin saber qué otra cosa hacer por mí (esa bufanda todavía la conservo y la llevo a todos mis viajes).

Recuerdo a G, un exnovio con quien tenía una buena relación, llegar al hospital y acompañarme a casa de mi tía E, a donde fuimos a comer mientras se arreglaban los trámites funerarios. Recuerdo a G y a su amigo P acompañarme a mi casa más tarde, a recoger algunas cosas. Recuerdo que mientras estábamos en mi casa, el teléfono sonó: eran mis queridos tíos que viven en Estados Unidos, preguntando cómo seguía mi papá. Recuerdo darles la noticia de lo que había pasado unas horas antes. Recuerdo escuchar a mis tíos llorar en el teléfono y decirme que no nos preocupáramos, que ellos nos iban a ayudar (la fuente de ingresos de mi casa era el negocio de mi padre que evidentemente no continuaría nadie y mi madre no había trabajado en casi 20 años, así que nuestra situación en ese momento se veía muy incierta).

De lo que no tengo muchos recuerdos es de los días posteriores. Todo esto ocurrió mientras yo estaba de vacaciones de la universidad, así que mis compañeros no se enteraron, sólo mis amigos más cercanos. Recuerdo que un día no aguanté las ganas de llorar mientras estaba en clase, fui al baño y me encerré en un cubículo. M, una de mis pocas compañeras que sabía lo que estaba viviendo, fue a buscarme un rato después cuando se dio cuenta de que me estaba tardando mucho en regresar al salón, me pidió que le abriera y me abrazó hasta que me tranquilicé.

Recuerdo a G, otro de mis exnovios con quien también seguía teniendo una buena relación, asesorarnos de las cuestiones legales con los ahora exempleados de mi padre. Recuerdo a mis amigos sacándome a pasear. Recuerdo estar bien mientras estuviera fuera de mi casa, pero llorar hasta cansarme todos los días durante seis meses cuando estaba sola, pensando en él todo el tiempo, extrañándolo todo el tiempo, sintiendo mi corazón estrujándose cuando veía su ropa aún colgada en el closet, sus libros, los regalos que me había dado, la comida que le gustaba.

Seis meses me tomó dejar de sentir el dolor paralizante que provocó su ausencia. Un año me tomó dejar de llorar cada semana. Diez años me ha tomado escribir esto, una carta de agradecimiento pública a todas y cada una de las personas que estuvieron (y han estado) ahí para mí (y para mi madre), mientras todo esto pasaba en mi cabeza y en mi corazón, porque nunca me había sentido rodeada de tanto amor como en esos días. A toda mi familia, a todos mis amigos, a todos aquellos que nos ayudaron a salir adelante, no tengo palabras para agradecerles. De mi madre, por ser tan fuerte, tan generosa y tan valiente, no puedo sentirme más afortunada. Diez años después, las memorias de mi padre y de la presencia de ustedes en mi vida siguen más vivas que nunca. ♦︎

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