Después de nuestro periplo para poder llegar a Copenhague, por fin JL y yo llegamos a su estación central y nos dirigimos directamente al hostal, que quedaba muy cerca de la calle más icónica de la ciudad.  A pesar de su excelente ubicación (y consecuentemente, elevado precio), es probablemente el hostal más incómodo en el que me he quedado. El cuarto tenía 4 literas con un espacio mínimo entre ellas y con un baño y regadera diminutos.

Dado que llegamos ya muy tarde a la ciudad por culpa del ya comentado viaje, decidimos comprarnos para cenar unas papas y unas cervezas en un supercito que quedaba frente al hostal y buscar un lugar con una buena vista para tomarnos nuestras chelas. Nos dirigimos al puerto más famoso de Copenhague (el de las casitas de colores pastel) y dimos con un teatro muy moderno que daba al mar, al otro lado del cual estaba el teatro de la ópera. Decidimos que ese lugar super nice era el perfecto para sentarnos en el piso, tomar cerveza y comer papas cual indigentes. La vista que teníamos era imperdible y la vista de los que salieron del teatro mientras nosotros estábamos sentados en el piso al lado de la salida era de pena ajena.

 

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La ópera de Copenhague, nuestra vista desde donde cenamos papas con cerveza

Al día siguiente nos dedicamos a recorrer la ciudad y el palacio de Christiansborg. Este palacio tiene una historia trágica porque se ha quemado completamente dos veces, primero en 1794 y luego en 1884; el que está actualmente en pie tiene menos de 100 años de antigüedad y esperemos que la tercera sea la vencida y no se nos vuelva a envolver en llamas porque está rete bonito.

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Además, es donde está el parlamento, la suprema corte, las oficinas del primer ministro danés y es usado por la realeza de vez en cuando también. El palacio se construyó sobre las ruinas de un castillo que data del siglo XII y hay acceso a una parte de esas ruinas que la verdad no tienen nada de impresionante, pero ahí encontramos algunas historias de lo que pensaban los viajeros que pasaban a Copenhague y veían el castillo en el siglo XVI. Hagan de cuenta Tripadvisor versión medieval:

“Por fuera, el castillo no parece tan magnífico, más bien parece  la residencia de un pequeño príncipe en vez de un rey importante. Otros tendrán que decidir por qué.” – Viajero del norte de Alemania, 1600.

“El castillo es uno de los edificios más tristes del mundo, rodeado de un foso sucio y con un patio pequeño y oscuro.” – El embajador de Luis XIV, siglo XVIII.

“Es uno de los castillos más miserables que haya visto y tiene un foso apestoso alrededor”. -William Bromley, 1699.

Zaaaz. Bola de amargados.

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Luego nos dirigimos al Museo de Historia y está padrísimo, muy recomendable. Lleno de chacharitas vikingas muy impresionantes.

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Al día siguiente lo primero que hicimos fue ir a la Rundetaarn que me imagino quiere decir “torre redonda” y que no es más que una torre construida en el siglo XVII desde donde hay unas vistas maravillosas de la ciudad.

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Cuando íbamos de salida bajando por la rampa circular de la torre, a JL le dieron ganas de ir al baño, así que mientras lo esperaba, me metí a una sala de exhibiciones donde estaba expuesta una parte de la colección del Museo de las relaciones rotas (Museum of Broken Relationships). Este museo está ubicado en Zagreb, pero tiene varias exposiciones temporales alrededor del mundo y en esa ocasión había una en Copenhague.

La colección consiste en objetos que la gente dona y que tienen que ver con una relación amorosa que ha terminado acompañados de algún texto explicando lo que representan, escrito obviamente por sus antiguos dueños. Hay de todo: joyas, muñecos de peluche, zapatos, llaves… cualquier cosa que represente a una relación que ya no existe pero que a la vez sigue existiendo de alguna manera en ese memento. A mí me pareció una idea fascinante y me pasé un rato más leyendo los textos después de que JL regresara del baño, pero él, con toda la sensibilidad e historia personal que carga encima, no estaba ni remotamente interesado en la exhibición, así que decidimos partir y dirigirnos a ver la estatua de la Sirenita.

Yo no tenía muchas ganas de ir a verla porque sospechaba que iba a ser como el Manneken Pis de Bruselas: uno de esos atractivos turísticos que cuando una los ve, se pregunta qué genio de la mercadotecnia turística volvió famosos a esos lugares que no tienen absolutamente nada de chiste. Además, estaba bastante retirado del centro y teníamos que caminar un buen rato para llegar hasta donde estaba, pero JL sí tenía ganas de verla y pues hacia allá nos dirigimos. Lo malo: no estaba equivocada, la pinche Sirenita es como de un metro de alto y nada de lo que la rodea es digno de mencionarse. La buena: el camino para llegar a ella estuvo padrísimo. Copenhague es una ciudad preciosa.

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Lo que los folletos turísticos nos muestran.
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Lo que en realidad se ve.

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Cuando regresamos a la zona céntrica de Copenhague, nos dirigimos a Christiania. Esta pequeña zona de la ciudad tenía barracas militares, era parte del sistema de defensa militar de la ciudad desde el siglo XVII y hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue abandonada. Integrantes de movimientos hippies se apoderaron de la zona a principios de los años 70 y fundaron Christiania, un distrito anarquista autónomo donde pretendían construir una nueva sociedad autosustentable y con un autogobierno donde todos sus habitantes eran responsables por el bienestar de la comunidad. También tendrían unicornios como mascotas, el arcoíris saldría todos los días y lograrían la paz mundial. O algo así. La realidad es que ahora sólo es un lugar lleno de graffitti y de gente fumando mota.

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Recuerdo que la primera vez que escuché hablar de Christiania fue hace unos 10 o 12 años en un programa de televisión cuyo nombre ya no recuerdo donde gente famosa daba tours por los lugares más relevantes de sus ciudades. De ese programa sólo recuerdo un episodio: el de Copenhague. Y de ese episodio, sólo recuerdo dos cosas: Christiania y la persona famosa que eligieron para dar el tour por Copenhague, Connie Nielsen. Ella es una actriz danesa muy lista (habla 8 idiomas) con una trayectoria medianamente buena (hasta ahorita me enteré de que sale en Wonder Woman) y que estuvo casada con Lars Ulrich (su compatriota y baterista de Metallica). Por qué precisamente quedó grabado en mi memoria ese pedacito de programa es un gran misterio, pero inmediatamente lo recordé cuando decidimos visitar Dinamarca.

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El lugar tiene su encanto en el sentido de que es un lugar diferente a lo que normalmente una visita en una ciudad europea, pero el ambiente era sombrío y se sentía pesado; y no lo digo sólo por el penetrante olor de la marihuana que se percibía permanentemente. La utopía hippie, como Christiania, se ve mucho mejor en la imaginación.

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Después de estar un rato ahí, regresamos al Copenhague capitalista donde se paga el equivalente a 60 pesos por un café de maquinita del 7-Eleven, nos dirigimos a nuestro hostal para recoger nuestras maletas y emprendimos el camino hacia la estación del tren para regresar a Estocolmo.

Cuando llegamos a la estación, no encontramos a primera vista la plataforma donde estaría nuestro tren, a pesar de que la recorrimos de arriba abajo varias veces y no es una estación precisamente grande. JL decidió formarse en el módulo de información mientras yo seguía buscando cómo llegar al tren. Fue entonces cuando por fin encontré un letrero que indicaba que nuestra plataforma no estaba en el edificio central, sino que había que caminar un poco más. Fui con JL para decirle que ya sabía para dónde apuntar el huarache, se salió de la fila del módulo de información y nos dirigimos hacia donde el letrero indicaba. Entonces encontramos un segundo letrero que decía que nuestro tren estaba a 10 minutos caminando… y habíamos perdido tanto tiempo buscándolo que faltaban exactamente 10 minutos para que partiera. Ups.

Entonces corremos. Seguimos corriendo. Nos detenemos. Seguimos sin encontrar nuestra plataforma. Llegamos a una zona donde no había ni un alma a quien preguntar. Más adelante sólo parece haber unas escaleras que nos llevan de nuevo a las calles de Copenhague, no a otra plataforma. Subimos las escaleras corriendo para ver si de churro eso nos da una pista de hacia dónde dirigirnos. El reloj sigue avanzando. Vemos un letrero con pinta de letrero de horarios de tren. Cruzamos la calle por donde no se debe para poder acercarnos al mencionado letrero y poder leer lo que dice. Le damos gracias a Odín porque descubrimos que no andábamos tan perdidos. Bajamos unas escaleras igualitas a las que acabamos de subir, pero del otro lado de la calle, que dan a una pasarela que a su vez da a la plataforma de nuestro tren. Corremos. Llegamos a la entrada de nuestra plataforma, resguardada por un policía que nos obstruye el paso. Nos detenemos frente a él. Debido a la crisis de los refugiados, Dinamarca y Suecia están haciendo chequeos de pasaportes en sus fronteras. El policía nos pide nuestros pasaportes. Yo saco el mío de mi mochila y se lo muestro. JL carga el suyo en una bolsita especial colgada al cuello debajo de su suéter, que a la vez estaba debajo de su chamarra, que a la vez estaba debajo de su bufanda. JL medio se desviste a toda prisa para poder sacar la bolsita para poder sacar su pasaporte. El policía se dirige a JL y le dice “Con calma, tienen tiempo. Qué bueno que guardes bien tu pasaporte, hay muchos robos y es mejor tenerlo bien protegido”. JL y yo reímos nerviosamente. JL por fin logra sacar su pasaporte. Se lo muestra al amable policía danés. Nos deja pasar. Subimos al tren. Nos acomodamos en nuestros asientos. Nos quejamos de que nuestros pies duelen mucho después de pasar todo el día caminando. El tren parte con destino a Estocolmo. Cinco horas después, estamos de regreso en Estocolmo, esta vez sin contratiempos. Alcanzamos uno de los últimos metros para regresar a mi cuarto estocolmense. Dormimos y soñamos con Copenhague, la ciudad que poco a poco se fue ganando nuestro corazón. ♦

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